Una ciudad entre ranas y toros donde el saber no ocupa lugar
Jorge Velasco.
Enganchar es complicado si no se sabe cómo empezar. Una idea invade constantemente a otra. A cada cual mejor. Por eso las he ido apuntando a modo de esquema en función de la importancia de que las creo convenientes. Sepan que primero les introduciré la llegada, lo típico. Que le seguirá el hospedaje y la primera toma de contacto. Y que los acontecimientos se darán de forma ordenada. Del restaurante al monumento y del monumento siguiente al restaurante, así hasta la hora de regresar. ¿Y qué tiene de malo empezar relatando de forma ordenada? ninguna señores. El problema está en encontrar cuál va a ser ese orden. Pues ese orden deparará el futuro de los acontecimientos.
A las 20:30 horas llegaba a Chamartín con mi billete destino a Salamanca. El tren tomaría salida a las 21:13 con puntualidad inglesa. Tomamos algo de cena mis compañeros de fatigas y yo. Después bajamos las escaleras que daban al andén donde esperaba el Renfe. Coche 3. Plaza 38, letra p, de pasillo. Aquel iba a ser mi sitio durante el viaje. A eso de las doce llegamos a Salamanca. Ya se respiraba otro aire distinto al de Madrid. Hacía frío, pero no importaba. Confieso que estábamos perdidos. Nunca había ido en tren a la ciudad bañada por el literario Tormes. Por ello, tuve que molestar a un recepcionista de un hotel de la periferia del centro para que me guiase hasta nuestro destino, el Hotel Alianza III. Aquel hombre, en ese momento despachaba con gusto a una pareja de mediana edad, foránea, que tenía toda la pinta de que iban a salir a tomar una copa por la zona turística. Este recepcionista es un tipo enjuto, no muy alto, nariz chata, gafas de montura al aire, bigote poblado y poco pelo de color canoso. Su aspecto era el de un tipo que parecía llevar toda la vida trabajando allí. Con gusto nos indicó el camino que debíamos tomar. Había que seguir la Avenida de Mirat y luego coger el Paseo de las Carmelitas hasta topar con el Hospital de la Santísima Trinidad, pues el hotel estaba en frente.
Una vez dejadas las maletas comenzaba la visita. Empezó por la Plaza Mayor, que vista de noche, con la iluminación particular, para muchos gana en belleza, aunque para otros – entre los que se incluye el arriba firmante- pierde, ya que piensa que los edificios de estilo barroco ganan en esplendor con la luz natural, ya que se admira mejor esa frescura que desprenden. Después de la Plaza Mayor – a la que recomiendo entrar por todas sus puertas y admirar con la luz del día- toca, según el plan nocturno, visitar los locales de marcha. Para ello qué mejor que preguntar a las gentes del lugar y elegir el que propone la mayoría. El Potemkin fue el elegido. Como el mítico acorazado ruso. Ponen música de los 60, 70, 80 y 90. La entrada es gratuita y no es como en muchos locales de Madrid. Allí se estaba a gusto. El aforo era el justo y necesario. Y el precio por una copa era insultantemente más bajo que si te la tomas en cualquier local de prestigio de la capital.
A la mañana siguiente, tras el desayuno, tocaba hacer el plan del día. Se presumía un día maratoniano. Había que ver prácticamente todo, la Casa de las Conchas, la Clerecía, la Universidad, la Catedral… La primera parada fue la Plaza Mayor y el Ayuntamiento, del que destacan las tres campanas y el reloj que tiene en lo más alto y hacen resaltar a la plaza en ese su lado norte. Saliendo por la puerta sur y cogiendo la Rúa Mayor, la calle principal del casco antiguo, se llega a la Casa de las Conchas y la Clerecía de la Universidad Pontificia. La Casa de las Conchas debe su nombre a su fachada repleta de conchas en relieve. Se remonta el edificio a la época de los Reyes Católicos. En su interior hay un patio con un pozo de piedra que lo preside. Al fondo la biblioteca pública. Y en el corredor de su piso superior se puede ver una exposición de fotografías llenas de vida sobre Iberoamérica. Y es que Salamanca siempre ha sido un referente para estos territorios de ultramar. No hay más que pasear por la ciudad, leer un poco su historia, acercarse a su piel y escuchar el habla de la calle para darnos cuenta de la existencia de esta conexión. La Clerecía, por su parte, pertenece hoy a la Universidad Pontificia. Fue un edificio pensado para la formación de laicos y religiosos curiosamente. Refleja un modo de entender el mundo, el de los jesuítas. En su parte museo, lo que más llama la atención es el fresco del cielo que pintó Fernando Gállego.
Representa el estudio de la astrología. Refleja un nuevo mundo. “ Es un cielo que sorprende por su fuerza, vigencia y magnetismo” dijo el pintor al finalizar la obra.
Saliendo de la Clerecía, a mediodía, y tomando la Rúa Antigua, se llega, pasando por una pequeña travesía al Patio de las Escuelas de la Universidad. Allí el barullo de gente era tal que casi no se podía andar. Todos murmuraban, hablaban bajo, señalaban, y miraban al mismo sitio, la fachada del Edificio Histórico. Todos buscaban el emblema de la ciudad charra. La rana encima de una de las calaveras. La leyenda cuenta que quien vea a la rana aprueba sus estudios. Por eso, la mayoría de los allí presentes eran menores de treinta años, todos estudiantes. Tras ver la rana me entró el regomello. Me apetecía entrar a ver la Universidad y a la vez quería sentarme a tomar una caña con su respectiva tapa que me mantuviese en pie hasta las tres. Al final optamos por ver la Universidad, nos picaba en demasía la curiosidad. Quería sentir cómo es estar en la universidad más antigua de España (S. XIII) y ver las aulas donde ilustres como Alfonso X el sabio, Francisco de Vitoria y Unamuno, impartieron su cátedra. Entrando se ve un patio con soportales que lo bordean. Esos pasillos emanan saber, cultura, amor, arte. Entra en una clase, la Unamuno por ejemplo. Un aula un tanto chica. Bancos sin respaldo, sin sillas, a lo sumo un poyo. No hay pizarra, no hay altar que indique el lugar del profesor. El aula de Alfonso X es más de lo mismo. Parecen poca cosa. En el fondo son poca cosa. Pero tienen algo. Están en un lugar, con un ambiente, que las hace especiales. Sobre todo la de Francisco de Vitoria, la más grande de todas, con ese púlpito tan característico presidiendo la habitación. El ejercicio mental de imaginarnos a estas grandes figuras ser esperadas por sus pupilos antes de comenzar, ver a estos jóvenes sacar los libros mientras hacen comentarios… y ver el silencio de respeto cuando entra el maestro, es imposible que no se haga. Sale solo. Nos lo pide el cuerpo.
Al salir de la universidad había cambiado. Me sentía que había aprendido algo. Me estaba llenando de historia, de cultura. Pero el cuerpo me pedía que le diese sustento, que el día iba a ser largo. Callejeando salimos a la Rúa Mayor para buscar el restaurante más económico en función calidad precio. Tras ojear la carta de unos y otros entramos en El Ave. La sopa castellana no podía faltar de primero. Servida en esos tazones de barro humeante. ¡Qué bien sienta! Sobre todo si el día es frío, como era el caso. Tampoco puede faltar una buena carne de segundo y su vino de acompañamiento. Tras una comida como esa la siesta invita a uno, pero la ciudad me llama a su visita y eso vence al sueño. Eran las cuatro de la tarde y nos disponíamos a ver la Catedral. De camino, un mendigo que pedía con una gracia particular, dentro de la pena y lástima que desprenden, llamó mi atención, la de mi bolsillo y la de varios transeúntes más. “Ya ha hecho su tarde” dijo uno que pasaba por allí. Probablemente, pensé, pero quería ayudar. Así llegamos a la catedral. Su corte románico y cúpula bizantina chocaban. Al igual que choca ver en una de las puertas el relieve de un astronauta y una liebre a la que hay que pedir un deseo según otra leyenda salmantina. Las torres medievales constituyen uno de los emblemas de la ciudad. Definen desde la distancia su perfil, la línea del horizonte. Desde cerca se imponen de un modo rotundo. No dejan a nadie indiferente. Además las vistas desde la torre Ieronimus, en honor al capellán del Cid D.Jerónimo Perigeaux, la vista de la ciudad es una delicia. Impacta y, a uno le hace sentirse insignificante frente a tanta grandeza.
La media tarde va acercándose y nosotros a su paso, lentos por el cansancio, bajamos las callejuelas camino al famoso huerto de Calixto y Melibea. Un pequeño recinto donde la imaginación de uno – si es buena- le hará pasar un rato entretenido, porque en caso contrario debido quizá a la dejadez y el descuido, el huerto solo tiene pinta de huerto. De huerto sin plantar. Lo único que se puede destacar es la vista perfecta que se tiene del toro y el puente romano. Los emblemas de la ciudad junto con la rana, y que aluden a la obra anónima Lazarillo de Tormes. El puente unía Mérida con Astorga en la antigua Vía de la Plata.
Después de la agria experiencia del huerto- supongo que me hice muchas ilusiones o me falló mi capacidad hiperestésica- el Convento de San Esteban era la última parada. Íbamos bien de tiempo, relajados, de tienda en tienda. Buscando algún recuerdo que llevarnos. Así aparecimos ante las puertas del recinto renacentista que albergó a Domingo de Soto, Martín de Azpilicueta, Diego de Deza y Francisco de Vitoria entre otros. El convento es otro punto donde se aprecia la unión con América. Lo que más llama la atención del convento es la Escalera de Soto. Su nombre se debe a quién costeó su construcción
en 1553. Tiene, pese a su corto trayecto, la peculiaridad de que el tramo inferior soporta a todos los demás. Los tres tramos están decorados con motivos floreados, y el último, hacia el interior, cuenta con un relieve en piedra de María Magdalena recostada, meditando sobre un libro y una calavera. Un gusto para los sentidos.
El viaje cultural termina y da el relevo a la diversión, distracción y degustación del paladar. Anochece y el frío se hace más intenso. Buscamos un local para picar algo. Curiosamente acabamos en un café-bar de la Plaza Mayor cenando a base de cañas y tapas. La tapa típica es el farinato, un embutido con forma de salchicha acompañada por miga de pan, especias, patata y huevo frito. Pica un poco, pero el gusto es inolvidable. A las diez, hartos de comer, comenzamos a tomar la última. Primero en un pub irlandés, el Irish Rover , muy conocido, y en el que con suerte, mientras degusta uno su pinta de Guinnes de barril, puede escuchar y ver música en directo. Después en un local llamado Camelot donde la gente joven toma sus copas al ritmo de la música comercial más novedosa. La última parada es la Chupitería. Chupitos a precio económico terminan por vaciar nuestras billeteras. De esta manera concluye el viaje a Salamanca, una ciudad que se ve enseguida pero que deja un regusto muy bueno. Es una ciudad donde se aprende y se divierte, y la sensación es que antes de marcharme ya quería volver y que antes de llegar ya quise quedarme.
Guía:
Dónde comer: Café Real la Plaza, en la Plaza Mayor.
El Ave, en la calle de los libreros.
Hoteles: Tryp Salamanca **** c/ Álava nº8-14 tlf: 92 326 11 11
Parador de Salamanca **** c/ Teso de la Feria nº2 tlf: 92 319 20 82
Alianza III * avda/ Villamayor nº 2, 1ºA tlf: 92326 83 60

JVF

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Acerca de jorgevf88

Me gusta el cine, el teatro, la literatura, los deportes, la música desde Abba a ZZtop. Busco la verdad constantemente.

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