Amanecía y el fresco viento de las primeras horaas del día le golpeaba en el rostro, le movía el pelo y le hacía sentir que las 3 horas dormidas durante la noche habían sido pocas para lo que hoy le iba a acontecer el día.

Con paso firme, nuestro misterioso caballero se disponía senda arriba camino al pueblo más cercano. Llevaba camisa blanca, pantalón vaquero marrón, botas camperas, chaqueta de piel hasta pasada un poco la cadera, pañuelo al cuello tapándole parte de la cara para protegerle del viento y sombrero de cowboy demasiado calado, casi a la altura de las cejas.
22 millas marca el pedrusco que deja rápidamente a la derecha del camino por el que pasa. El sol ya le da en la espalda a una altura aún demasiado baja. Casi al mismo ritmo, una ignorante perdiz parece que quiere acompañarle. Le envía algunos saludos, pero nuestro amigo no está para saludos de animales que no sean los de su especie. Aminora el paso. La perdiz se adelanta unos metros. El caballero se para, postra una rodilla en el suelo semiembarrado, con cuidado desenvuelve de su manta el rifle que conserva de la guerra que le regaló su padre. Lo calibra, lo asienta sobre su cuerpo, se santigua y dispara. No falla. Un revuelo de otros pájaros de la zona alertan a similares presas de que algo acaba de suceder. Nuestro caballero, con rostro serio, sereno, se levanta, guarda el rifle, se quita el exceso de barro que se le ha acumulado en la rodilla y se acerca a por su trofeo. Acababa de conseguir comida.

Mientras prosigue de nuevo su camino, ahora más en silencio que nunca, va distrayéndose al desplumar y despellejar a nuestra querida perdiz. Cuando el sol ya le calentaba en exceso la nuca, decidió parar a la sombra de un frondoso árbol. Depositó su macuto y el resto de pertenencias. Se acercó a un arbusto, lo miccionó. Ya estaba mucho más relajado. Ahora tocaba ir a por leña para hacer un pequeño fuego donde cocinar a nuestro primer finado, la perdíz.

El final del camino se acercaba, a lo lejos ya podía divisar la torre alta de la iglesia del pueblo. El sol ahora lo tenía de frente, cuan rival espera a desenvainar la pistola y comenzar el duelo. El cansancio acumulado de todo el día le hace aminorar cada vez más el ritmo del paso.
Al entrar por el puente que da acceso al lugar, ya se siente tranquilo, su viaje acababa de llegar a su fin. Rápidamente buscó habitación en el únoico hotel.
Tras abrir la puerta un tintineo de campanillas avisó a la recepcionista de la llegada de un nuevo huesped:
-Bienvenido a nuestro hotel caballero ¿en qué puedo ayudarle?
-Me gustaría pasar unas noches aquí, ¿tiene alguna habitación disponible?
-Sí, cómo no, la habitación 14 está disponible. Aquí tiene la llave. Se accede subiendo por la escalera de la derecha. Es la última habitación del pasillo. No tiene malas vistas. Sonreía la pequeña y jóven que atendía a nuestro caballero. Son 15 centavos la noche, señor. Si es tan amable de firmar aquí, perfecto. La habitación es toda suya señor.
Los desayunos, comidas y cenas son a horas en punto, 8, 14 y 21 horas. Mi nombre es Marie, me tiene a su entera disposición. Que pase una feliz estancia.
-Muchas gracias Marie, mi nombre es James, James S.Buster. No dude en que usaré sus servicios, pues aquí soy nuevo, y seguro que necesitaré un poco de ayuda los primeros días. Se llevó la mano a la punta del sombrero y saludo a modo de hata luego acompañándolo de un guiño que dejó a la joven Marie con color en las mejillas y una sonrisa tontorrona.

James S.Buster acababa de llegar a su nueva casa. Se había acomodado ya. Rezó sus oraciones de la noche al pie de la cama y, tras reflexionar lo acontecido en el día, dio gracias y se acostó. El sueño, debido al cansancio del viaje, le invadió enseguida.Pero lo que James aún no sabía es lo que le iba a deparar ese lugar durante su estancia.

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Acerca de jorgevf88

Me gusta el cine, el teatro, la literatura, los deportes, la música desde Abba a ZZtop. Busco la verdad constantemente.

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