Normalmente no suelo hacer esto, pero hoy voy a comentar dos películas del tirón. Hacía tiempo que no publicaba nada de cine, por ello, con esta entrada lo retomo. He de decir ya de antemano que los dos autores de los que voy a hablar los tengo bastante afecto, pero no sé qué les ha podido pasar este año, que han coincidido con película, que no me parece que hayan cuajado sus obras. Aunque no han dejado indiferente a nadie, y eso es muy bueno.

El primer amiguete es el siempre conflictivo Lars Von Trier y su Melancolía. En ella nos habla de lo poco, por no decir nada, para lo que sirve el ser humano. Trier ya ha caído en el nihilismo absoluto, no sé qué ápice le puede quedar para tener ganas de vivir. Nada le llena, nada le vale, todo lo acaba destruyendo, para ello usa muy bien la música, ese Tristán+Isolda que embellece en exceso una película que sólo tiene sentido para aquel que no tiene nada por lo que vivir y que tampoco es tan valiente, o cobarde, según se mire, como para suicidarse, y que por tanto debe esperar a que se acabe el mundo.

Poco a poco, Trier va demostrando que sufre de alguna patología. Confesó en las entrevistas de promoción del filme que ha sufrido múltiples depresiones. La pena es que en lugar de tratar de salir de ellas parece, por todas sus películas, que vive en una constante, pues todas, salvo El jefe de todo esto (2006), una exquisita comedia dogma, la cual recomiendo apasionadamente. Bien es cierto que también me encantaron Dogville y Manderlay, pero que volvió a las andadas de lo macabro, que no dogma, con Anticristo.

En Melancolía nos presenta una historia de la vida desde el punto de vista de dos hermanas. Cada una interpretada por Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg de forma excelente, pues te llevan al punto del máximo sufrimiento. Cada una desde un punto de vista distinto. Cada personaje lleva al espectador a lo más bajo del sufriemiento, pero ellas son las que se llevan toda la plana.
Toda la historia gira en torno a una boda que desde el principio se ve que va a ir todo a pique y la depresión post boda. Todo ello aderezado con el aliciente de que el mundo se va a acabar -tema tan candente en estos momentos entre la opinión pública.
Muchas escenas y situaciones son copias, y esto me decepcionó un poco, de su aprendiz o amigo Thomas Vintenberg, y de su fantástica Celebración.
No me voy a detener en más. No comparto la visión nihilista que quiere enseñarme Lars, soy todo lo contrario a su filosofía, si no, no podría vivir. No estaría agusto ni conmigo mismo ni con las personas que me rodean. Trier que en la segunda parte de la película habla en numerosas ocasiones de la felicidad, la cual la trata siempre en grupo y no de forma individual, cosa que comparto, no la desarrolla porque no la concibe como real. Y mira que quiere que sus personajes sean felices, pero no puede. ¿Por qué? porque el propio director no lo es y no puede permitirlo a sus monigotes teledirigidos por su batuta.
Lo único bueno que le destaco a la obra es la banda sonora, magistral, si bien no es original, al menos concuerda muy bien con la historia que quiere contar. Las interpretaciones son fanstásticas, soberbias. El manejo de la cámara, la iluminación, la fotografía, el ritmo, son los adecuados. A mí se me hizo un poco pesada, he de admitirlo, pero porque la historia que me contaba no me atrajo, no estaba de humor para encajar severos golpes y agonizaba por momentos. Pero lo que más agradezco a Trier es que me despertó un sentimiento, quizás no el deseado, el de decir qué obra maestra, sino el de querer darle una paliza. No el de, bueno tras esta película ya sólo me queda suicidarme no, yo quería pegarle un par de guantazos a este hombre para que se replantee la vida y para que ojalá regrese al buen dogma como en 2006.

Nota: 4 (voto personal por todo lo que produjo, pero he de admitir que tiene mucha calidad y que quizás, sin inmiscuirme en lo personal debería darla un 7 o un 8)
Lo mejor: K.Dunst, la música y los golpes de humor negro.
Lo peor: Trier.

La siguiente película cambia de país. De la nórdica Dinamarca nos movemos hacia la mediterránea Italia para presenciar lo último de Nanni Moretti, grande por obras como La habitación del hijo, El caimán, o Querido diario, y que en esta ocasión ha tratado de reflejar la sensación de un Papa nada más ser elegido. Lo ha hecho en tono de comedia, la forma con la que más se divierte, se ofende, pero en la que se permite todo.

Moretti ha tratado de dar su visión de cómo se imagina él un cónclave y de cómo lo viven los que lo realizan. Cierto es que Moretti no cree, y buena muestra de ello deja con su personaje. Pero tampoco menosprecia a la Iglesia. No la pone a parir, como se esperaba, sino que la presenta amabable, con sus cosas, claro está, pero no llega a ridiculizarla. Lo que sí le ha salido es un esperpento que bien podría haber ido por otros derroteros mucho mejores.
Cuando todo parecía que iba a tratar de una especie de El discurso del rey, con un Papa y un Psicoanalista de prestigio, la función cambia y se aloca hasta un punto tan alto que pierde toda la gracia que mantiene durante los primeros 40 minutos al espectador. Todo empieza muy bien, con un cónclave. ¿Quién no se ha imaginado cómo sería un cónclave? Por como lo enseña parece una cosa de lo más normal, dentro de la importancia que trae consigo la elección del vicario de Cristo. En el fondo los sentimientos de los allí presentes parecen lógicos, pues la carga que lleva el nuevo cargo consigo es de severísima importancia. Todo esto se trata muy bien, con alguna gracia, que no ofende sino que alivia una situación tensa e importante. Pero la situación se empieza a complicar cuando el ya elegido Papa le da un ataque de pánico y no quiere salir a saludar a los fieles. Se esconde. Por ello aparece el psicoanalista, para ayudarle. El cual introduce el tema del Déficit parental. Debe estar de moda en Italia, o le llamaría la atención al director, pero me recordó a un recurso muy Woody Allenesco el de la patología.
Todo va bien hasta que el Papa acude a otro psicoanalista y vive un periplo por Roma hasta que se vuelve a enfrentar con la realidad.
Mientras tanto, en el Vaticano, conviven encerrados todos los obispos y cardenales más el psicoanalista. Al cual no se le ocurre otra genial idea que debe cambiar un poco los hábitos de los religiosos y hacer que se distiendan de una manera un tanto peculiar, haciendo un “mundial” de volleyball. Las razones por las que se juega no se muestran, pero las razones en pleno juego de porqués que da el personaje de Moretti son muy ateas. Trata de hacer gracia, pero no lo consigue. Salvo que seas un ateo redomado y te hagan gracia esos chistes. Pues lo burdo le acaba comiendo terreno a lo original, como la escena del paso por las habitaciones o en la sala de espera jugando a los juegos de mesa.
Artísticamente, al igual que en la película de Trier, está bien, todos correctos. Ninguna actuación destaca por encima del resto como algo fuera de lo normal. La música es muy normalita salvo el final y el miserere que la cierra con esas palabras tan duras del nuevo Santo Padre y que son sorprendentes. A mí me sorprendió bastante, no las esperaba, pensaba que Moretti tendría un momento sensiblero y la haría acabar bien, pero…

Nota: 4 (la primera parte la apruebo con buena nota, con un 7 por lo menos, pero la segunda la suspendo, un 1 por no darle un 0, la media es un 4 y con esa nota se queda)
Lo mejor: la primera media hora.
Lo peor: el resto salvo el final.

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Acerca de jorgevf88

Me gusta el cine, el teatro, la literatura, los deportes, la música desde Abba a ZZtop. Busco la verdad constantemente.

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