“Meet me in the Land of Hope and Dreams” (Bruce Springsteen)

 Luis Hernández y Jorge Velasco.

Vivimos en un mundo en el que el hombre ya no se acerca a la mujer como debe. Ahora se va a lo directo, apenas hay cortejo. Se pierden las formas, se cae en lo burdo, en lo tópico, se acaba con la magia. No voy a negar que la culpa la tenga el hombre, pero tampoco sería justo dotarle de toda la carga al susodicho. La fémina posee su porción de culpa. Simplemente la forma de vestir ya dice mucho, de ahí que algunos pierdan las formas muy rápido.

La propia interacción se ha desnaturalizado. El juego ha dejado paso a una especie de celo reproductivo más propio de otras especies animales que de la humana. Aquello que nos diferencia ha sido despreciado y guardado en el cajón más oculto del recuerdo, a favor de una vivencia desmedida de la pasión que constituye únicamente uno de los niveles de ese ida y vuelta que es la seducción. Por ello, vuelve a cobrar importancia la reivindicación de que la conquista del alma precisa de tanta o mayor exigencia que la del cuerpo y que su cultivo requiere de un aprendizaje progresivo, silencioso, divertido, cautivador; sufrido y sufriente, herido e hiriente, cálido y caliente. Despacito, despacito, respetando los tiempos. Quemar etapas acaba por desgastar las piernas antes de que llegue el final de la carrera. 

Ya no se ven Morantes arrimarse para torear con arte. Ni futbolistas del toque fino y elegante. Ya no se encuentran Esproncedas que reciten ni Bobs Dylan que canten con sentido y sentimiento mientras tocan la guitarra.

¿Qué está pasando? No veo trajes de luces lidiar con finura y maestría. Ya no se recorta con verónicas y las chicuelinas se han dejado para otros menesteres. Muchos prefieren un toreo más distante, sin arriesgar, y sólo entrar a matar cuando la situación está demasiado clara. Pero la diferencia entre el primer y el segundo caso radica en el espectáculo dado y en la posibilidad que tiene el primer ejemplo de conseguir una faena redonda si finaliza bien su juego: las dos orejas. Hay mayor riesgo de cornada, se admite este quite, pero para conseguir la victoria hay que arriesgar, torear de cerca, arrimarse, sentir al oponente, fundirse con él formando una sola figura, en ese momento la acción se convierte en arte.

A lo José Tomás, hay que salir con mando en plaza. Marcando la raya, el ritmo, la distancia. Escuchar la respiración del toro y calibrar. Acercarse hasta pasar el dorso de la mano por su lomo. Si tus banderilleros y picadores han hecho un buen trabajo y la faena sale sola, el animal te viene solo y puede que indultes. En caso normal, habrás de labrarte un poco más el asunto. Y si agacha la cabeza, se tropieza y no entra al capote, utiliza tus mejores mañas porque esas definen a los grandes toreros. Muy importante tener en cuenta al presidente de la plaza, es Quien concede el trofeo correspondiente.

En un símil futbolístico, se antoja necesario reimponer el estilo Selección española. Al toque y por la banda. De un lado a otro pero sin marear. Esperando que el contrario se canse de correr tras el balón y entonces sorprender. Alternar la verticalidad con la horizontalidad. Y adaptarse a lo que exige el contrario. Cuando se llega al área, la decisión te da o te quita. Tú mismo.

Pero aún creo en los románticos. Quizás quedemos pocos. Pasamos incluso sin dirigirnos la palabra, pues estamos perdidos buscando la rima perfecta con Asia a un lado y mirando directamente a Estambul. O por el contrario nos entretenemos luchando contra inmensos molinos arriesgando nuestra vida para poder ser libres y conseguir nuestro ideal, esa amada que nos espera con anhelo.

Por el contrario, con el tiempo vamos adquiriendo un punto de realismo. Ese que afirma que hay más honor en morir de pie a vivir de rodillas. Sin florear, tampoco nos empecinamos en la conquista de un castillo cerrado a cal y canto. Nos importa, pero el asedio, a veces, abre heridas que tardan en supurar. Una mayor espera solamente contribuiría a profundizar en el daño. Y las cicatrices ayudan bastante en próximas luchas.

También el romántico lo pasa mal. A veces su amada no le responde, por mucho juego preciosista que desarrolle, bellos poemas escriba con su sangre hecha palabras en un papel. Las señoritas son caprichosas, juegan a veces en demasía y exigen ingentes cantidades de muestras. Otras veces nos desprecian, nos detestan sin más, en parte porque ellas también tienen sus propios ideales. Pero como buen romántico y, aunque duela como una punzada de daga en lo más hondo del pecho, no lo tendré en cuenta, pues “en esperanza fuimos salvados” y ya se dará cuenta de que su cortesano merece la pena ser amado.

 

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Acerca de jorgevf88

Me gusta el cine, el teatro, la literatura, los deportes, la música desde Abba a ZZtop. Busco la verdad constantemente.

Un comentario »

  1. MR dice:

    Con esa crítica al vestir femenino y los símiles taurinos he fruncido el ceño pero he de reconocer que al final os ha quedado un texto precioso. Enhorabuena a los dos.

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