El largo camino hacia la Laguna Grande

“Sed puntuales, a las 7:15 h en el intercambiador de Moncloa”, dijo Marta casi inquisitorialmente. Debido al miedo infundido los señores Jorge y Javier estuvimos puntuales. Pero el tiempo comenzó a pasar y las chicas no aparecían. ¿Qué les había ocurrido? ¿Se les habían pegado las sábanas? Menudo misterio aún sin resolver. 7:30 de la mañana, las hermanas seguían en paradero desconocido. No atendían al teléfono. Las caras de Jorge y Javier empezaban a tornarse serias. Pero finalmente aparecieron las señoritas con las mochilas a la espalda. Un hombre con semblante amable, bigote y gafas, las ayudó a bajar más enseres de una furgoneta, era su padre.

No había mucho tiempo, había que tomar el primer metro hacia la estación Sur de Autobuses. Una vez llegados al destino, subimos al bus que nos llevaría pueblo por pueblo hasta dejarnos, tras cuatro horas de viaje, en nuestro destino, Hoyos del Espino. El viaje de ida se terminó haciendo un poco pesado, tampoco nos engañemos, a nadie le gusta estar metido cuatro horas en un autobús para cubrir un trayecto que, en condiciones normales, no supera las dos horas y cuarto. El autobús iba lleno de gente, de gente de la tercera edad. Al principio sentí como si estuviera dentro de un viaje del Imserso. El autocar tenía hasta ese olor característico, alcanfor. ¡Qué maravilla!

Cuando nos dejó en Hoyos, rápidamente cargamos pilas con una cocacola, llamamos al taxi que nos subiría hasta la Plataforma y, también, aprovechamos para hacer una compra de urgencia en la farmacia, una muñequera para mi lastimera mano. El tipo del taxi llegó raudo y veloz en su todoterreno. Un tipo majete, afable, que hizo del trayecto un tramo divertido. Una vez arriba, ya en la Plataforma, hubo que distribuir bien la comida en todos los macutos. Zumos para uno, batidos para el otro, “para ti el gazpacho”, “las tortillas las guardo yo”, “¿esto dónde lo guardo?”, “ahora no cierra la mochila”, “el saco no entra”, “¿aligeramos ya algo de peso?”… Comenzaba en serio la aventura. Algunas no eran del todo conscientes de lo que se les venía encima. Tres horitas con el macuto a cuestas. Superando largos tramos de subida por un camino de piedras. El sol pegaba de lo lindo, pero cuando uno paraba se quedaba frío debido a las brisitas cortantes.

Como es costumbre Javi marca el ritmo inaguantable para el resto y se desmarca metros y metros hacia adelante sin mirar atrás nada más que cuando decide parar a descansar. Las chicas, pronto se vieron sorprendidas por la dureza de las primeras rampas empedradas. Faltaba el aire, pero lo que también faltaba era más entrenamiento, aunque no se puede reprochar nada. Pese a las múltiples paradas, la subida se hizo en menos tiempo que el año anterior. Lo cual ya es un logro. Las novatas estaban dando la talla, aunque parasen demasiadas veces a tomar un poco de aire que les diese fuerzas para seguir. Mientras tanto, el sol hacía su trabajo y comenzó a quemarnos tontamente, sin avisarnos, a su estilo sibilino.

“¿Queda mucho para dejar de subir cuestas?”, preguntó una inocente Paloma tras veinte minutos de travesía. No se podía decir que sí, ni tampoco que no, quedaba lo que quedaba, un trecho largo, pero no era plan desmotivar sino que había que vender el primer puesto de descanso, la Fuente. La cual se convirtió en una pequeña meta que parecía no llegar para las hermanas después de haberlas dicho que estaba cerca. Realmente estaba a poca distancia, pero es que en la montaña ya se sabe que las distancias engañan y que, lo que parece cerca, realmente está un poquito más lejos de lo estimado. Finalmente se alcanzó el objetivo. Se llegó a la fuente, se repuso energía. Se lanzó alguna foto y antes de quedarnos fríos, retomamos el camino que ya pintaba de bajada. El paisaje cambió. El prado se cambió por roca y las vacas por cabras. ¡Estábamos cada vez más cerca! Bajamos rápido, pero también haciendo algún pequeño descanso unas dos o tres veces. Es lo que tiene ir cerrando el grupo, que uno se va comiendo todas las paradas, pero todo sea por el bien de los aventureros, mientras les sirva, adelante.

Nada más llegar a los pies de la laguna algo se apoderó dentro de mí. Cierto punto de tristeza al ver el terreno amarillo en lugar de verde, falto de agua en algunas charcas con cabritas comiendo esas hierbas, pero las ganas por seguir con el Desafío seguían intactas, la compañía era inmejorable. Tras asentarnos nadie se movió del suelo. Todos recostados intentamos comer algo para no desfallecer, pero el cansancio de la ida quitó bastante el apetito. Y eso que la comida que nos esperaba eran unos exquisitos bocadillos de cinta de lomo con queso. También fue momento para realizar la primera cantimplora de té, el  único alimento de Javi. También rezamos vísperas y nos propusimos empedrar nuestro lugar de asentamiento para evitar que el frío penetrase  en demasía por nuestros cuerpos. Extendimos las esterillas, sacamos los sacos, “el mío huele a Fer”, “dejad hueco a Luis, que viene luego”… Por cierto, el saco que huele a Fer fue de lo más notorio de estos días. ¿Quién será ese Fer? dicen que huele muy bien y que da buenos abrazos.  En fin… “Oh que bien huele, es verdad huele a Fer”, dijo Marta. Esto a Javi le superó en envidia y amenazó con depositar un fuelle dentro de ese saco para que dejase de emitir el dulce hedor al susodicho y todavía desconocido. Encima era un saco con colchoneta. Tenía narices la cosa. A parte de desprender un olor agradable ¡era cómodo! ¡No puede ser! Qué desgracia la nuestra, los desterrados hijos de Eva llorábamos por dentro deseando poder estar dentro de ese saco, pero su dueña en aquel momento no tenía intención de compartirlo.

Y con estas, Luis apareció al irse el sol. Con un pañuelo naranja al cuello, camiseta blanca y pantalones cortos rojos. Venía muy tranquilo, incluso con ganas de hacerse el machote y darse un baño en la Laguna nada más llegar, cosa que hizo, pero a la que ninguno se sumó. Pronto llegó el momento de la cena y de la “velada”. Encendimos el lumen para que alumbrase un poco y, al menos, pudiésemos vernos las caras de frío entre penumbras. Tratamos de calmar el frío con brevajes que nos hiciesen entrar en calor, algo se logró paliar, pero por poco tiempo, así que corrimos a los sacos para tratar de dormir y así hasta el día siguiente. Entonces comenzó un ritual, primero el de Javi, intentando a oscuras, con la poca luz del lumen iluminar una pequeña zona de su saco donde colocó su neceser, en el que que había de todo, pero el ejercicio se centraba en quitarse las lentillas. Había incluso que hacer ciertas contorsiones casi imposibles. Admiro a Javi por ello, nunca pensé que podría hacer esas cosas. Pero es que luego, por otro lado, tenemos al amigo Luis, ¡que se llevó pijama al monte! Quien lo viera alucinaba. Pero bien cómodo que durmió. Ya podía pasar cualquier cosa, mucho frío, lo que fuese, que Luis seguiría con su pijamita puesto sólo bajo su saco. Más tarde llegaron los ronquidos, los rodillazos, los giros hacia un lado y hacia el otro buscando la postura que nunca llegaría. Algunos, sé de buena tinta que durmieron poco, otros pasaron mucho frío, pero nadie quería ir al refugio, ¿valientes cobardes o verdaderos aventureros?

JVF

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Acerca de jorgevf88

Me gusta el cine, el teatro, la literatura, los deportes, la música desde Abba a ZZtop. Busco la verdad constantemente.

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