Dos esmeraldas a los pies del Almanzor y tres pichones en la cima

Amaneció tranquila y silenciosamente en el Circo de Gredos. Poco a poco, como si de gusanos que rompen la crisálida para convertirse en mariposas se tratase, comenzamos a salir de los sacos. Nos despejamos, un poquito de higiene y a tomar fuerzas para la larga jornada que esperaba impaciente a ser abarcada. Zumos, batidos, chocolates, leche condensada, galletas, té, sobaos … fueron los alimentos ingeridos a mansalva y con cierta ferocidad, la cual me sorprendió en los comensales. Bien sabía que a algunos no les dan bien de comer en casa, pero no esperaba que fuese para tanto.

Entre comentarios de lo que íbamos a hacer ese día y las anécdotas y recuerdos de los dos milicianos de cuando hacían campamentos por la zona, se iba desayunando y también preparando los macutos para que no estuviese todo manga por hombro. El sol comenzaba a pegar fuerte y a picar, ya nos quemamos el día anterior, este intentamos que no fuese así, pero factores solares 10 y 20 no ayudan mucho. La temperatura era rara, al sol hacía mucho calor, a la sombra demasiado frío, pero no supuso ningún problema.

Se elaboraron también dos mochilitas para pasar el día en plan dominguero. Una contenía la comida del día y la otra bañadores y toallas. Con ellas acudimos a los pies de la Laguna Esmeralda, la cual estaba un poco baja de agua, pero en la que aún se podía bañar uno con comodidad. Las chicas optaron por pasar el día tomando el sol, relajarse, hablar de sus cosillas y quemarse, porque un quemado de hoy es moreno de mañana y esto es así. El abajo firmante se sintió tentado de quedarse tumbado a la bartola, pero los dos culos inquietos querían subir al Almanzor y hubo que seguirles. Y así comenzamos el largo camino hacia la cima. Parecía que estaba cerca, pero para nada. El dolor en la muñeca abierta empezó a hacerse constante, pues la ascensión requería, en algunos tramos, apoyar las manos para bordear, subir, y remontar piedras que formaban el camino hacia un final mágico.

Cuando parecía que estábamos cerca, el terreno se empinaba más y hacía más lenta la ascensión. No íbamos mal en tiempo, a penas una hora y media fue suficiente para llegar  a los pies de la cima. Pero aún quedaba lo más difícil, llegar a ella. La mano seguía haciendo mella, pero de perdidos al río, no hay dolor, sino ganas de estar en lo más alto. Entonces, sin saber bien el cómo y el porqué, después de haber ido todo el trayecto a la cola del trío que formábamos, me puse en cabeza. Hice de tripas corazón y empezamos a subir a pulso los últimos metros. Al principio tuvimos cierto respeto a la montaña, más que miedo. Los puntos de apoyo no estaban del todo claros y las percepciones nos hacían dudar de sí podríamos subir y también de nuestra capacidad física. Pero un momento en el que no había más opción que seguir hacia adelante. Y así, llegamos a lo más alto, sólo pensando en que o subíamos o nos íbamos despeñando montaña a abajo.

Hora del Ángelus, con cierto retraso, pero era necesario. Las piernas temblaban, las risas flojas de los nervios pasados se hacían palpables. Estábamos conmocionados, en shock; pero también estábamos alegres, creciditos, nadie nos tosía en aquel momento. Estábamos devorando el momento con gusto. Degustamos las maravillosas e impactantes vistas de todo el Circo. La Laguna Grande parecía casi insignificante. Hacia un lado estaba Extremadura, hacia el otro lado Castilla y León. En ese momento echamos de menos que las hermanas no estuviesen arriba viendo todo aquello. Por su parte, Javi recordó a Unamuno y algún que otro grito de sus años de campamento. Explicó en vídeo todo lo que se podía apreciar, pero también sufrió un ataque de un animal salvaje que sólo vive en esas zonas de montaña, la Quechua salvaje. La cual tiene un vídeo explicativo, pero que por no herir su sensibilidad no lo colgaremos.

Tras contemplar el panorama… para abajo a devorar las tortillas y el gazpacho que nos esperaba. Pero si fue complicada la subida, la bajada de la cima fue graciosa, porque fue a ciegas, sin saber dónde apoyábamos los pies. Luego comenzamos a seguir los hitos, menos Luis, que intentó ir por otro camino sin salida y que le demoró bastante. Javi, al ser bajito, tenía mejor tren inferior y bajó mucho más rápido que el resto. Por mi parte bajé muy despacio, mermado por los dolores intermitentes de la muñeca y raspones que no sé bien como llegué a hacerlos. Mientras tanto, a los pies de la Laguna Esmeralda ¿qué harían Marta y Paloma? por lo que parece de todo y ver también de todo. Domingueros, aventureros, scouts, y hasta exhibicionistas o gente con poco decoro.

Una vez todos juntos, comenzó el momento de contar a las expectantes señoritas toda la odisea vivida mientras reponíamos fuerzas y nos refrescábamos con un bañito en las gélidas agua de la lagunita. La hora de la comida, la obviaremos por cuestiones que no deben importar, pero imaginen una hora muy intempestiva. Es cierto que engordamos un poco, poquito, lo que deparó la marcha al Almanzor, pero era necesario darle un poquito de literatura al asunto para hacerla mucho más amena, porque las cosas, muchas veces, cuando son contadas, pierden. Pero Marta y Paloma se reían, con nosotros y de nosotros, pero se reían, que era lo importante. Luego nos contaron su día, el cual fue mucho más gracioso.

Con todas estas, el sol empezó a bajar y casi a desaparecer. El frío regresó. Las chaquetas volvieron a nuestros cuerpos. El bañador se cambió por un pantaloncito largo, y las chanclas por las botas con calcetines gorditos, salvo Paloma, la valiente que quiso andar en chanclas por terreno empedrado. Así regresamos a la zona de acampada. Preparamos nuevamente el lugar de descanso. El saco de Fer volvió a extenderse junto a los restantes. Las chicas intentaron ver si cabían en el mismo saco, porque la noche anterior pasaron un pelín de frío, pero no hubo manera.

Javi sacó el lumen. Ya no había luz y esperábamos impacientes la salida de la luna para que iluminase el Circo. Entonces cenamos. Paté, pavo, queso, atún, agua, té, zumo, chocolates… formaban parte del banquete. Parecía que estaba dentro de El festín de Babbete (película excelente, muy divertida y muy recomendable) con tanta comida. Llegué incluso a estar abrumado por semejantes cantidades. ¡Oh, cómo nos pusimos!. Llenamos los buches hasta dejarlos más que saciados. Lo cual nos dejó inmóviles, recostados sobre las rocas escuchando cómo Javi y Luis se contaban batallitas para terminar hablando de materia religiosa, de las formas y los tradicionalismos… en fin. Hasta que la mente brillante de una de las mujeres (sólo yo se quien lo dijo, a ver si algún otro lo sabe) dijo: “Tomemos lo que queda del Tequila”. Los ojos se me iluminaron. ¡Por fin entraría en calor!. Pero esta vez no se midió como la noche anterior. Era la última y había que darlo todo. Algunos no sabían cómo tomar el embriagador licor. No sabía bien qué hacer con el limón que se le dio. Poooooobre. Alguna que otra, para no pasar excesivo frío, se tomó más que un buen lingotazo. Casi un copazo a palo seco, sólo con la ayuda del limoncito. Pero ¿y lo bien que durmió? Eso no se lo quita nadie. Brindamos por nosotros y por la aventura. Y con el cuerpo calentito corrimos a los sacos.

Esa noche sí que todos dormimos una buena cantidad de horas. Lo necesitábamos, pues el día de mañana también sería cansado. Bonito y triste a la vez, pues regresaríamos a casa. Aquel día, pese a todo lo vivido, de los dolores sufridos, de lo poco dormido y de todo, fue un gran día. Y lo fue gracias a todos los compañeros con los que compartí la experiencia. Gracias.

JVF

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Acerca de jorgevf88

Me gusta el cine, el teatro, la literatura, los deportes, la música desde Abba a ZZtop. Busco la verdad constantemente.

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