Oscar de la Vega.

Si Cervantes es la máxima figura literaria en lengua española, William Shakespeare es, sin duda, la mayor que hay en todo el mundo anglosajón. Abarcó todas las artes escénicas, desde actor a escritor de sus obras. Su compañía de teatro, The King’s Men, fue protegida del rey James I e inmortalizó el nombre de The Globe, teatro en el que representó la mayoría de sus obras. Su producción dramática se publicó por primera vez de manera póstuma en el First Folio, que recoge treinta y seis de sus obras (diez obras históricas, quince comedias y once tragedias), aunque se atribuyen, al menos en parte, otras tres. Escribió además tres obras poéticas: Venus y Adonis, la Violación de Lucrecia y sus Sonetos, donde muestra toda su maestría y originalidad dándole una vuelta de tuerca a modelo Petrarquista que durante siglos había sido imitado por los grandes poetas.

Pero si por algo han pasado Cervantes y Shakespeare a la historia y están un escalón por encima de Tolstói, Dickens, Borges o Milton es por el humanismo y universalismo de sus personajes. Hamlet o Sancho son personajes de los que todos tenemos algo, son de los que cambian y evolucionan. En la obra de Cervantes, Quijote y Sancho lo logran, a través de la interacción de uno y otro, el contacto entre ellos es lo que hace que se desarrollen. Pero en Shakespeare es diferente, curiosamente usando la rama del arte basada en diálogos y la interacción de los personajes, sus creaciones muestran un individualismo constante. Su crecimiento en la obra se logra a través de una consciencia propia, se dan cuenta de su propia existencia. Interactúan para avanzar, pero su desarrollo personal es introspectivo depende de ellos mismos. Así, aunque la mayoría de sus obras tienen por título el nombre del protagonista de la obra, ese individualismo nos deja a veces secundarios que se sitúan por encima de los protagonistas, como es el caso de las figuras de Yago o Falstaff, éste último una de las figuras claves del bardo de Avon que incluso marca todo Henry V, solo con nombrar

Shakespeare logra en sus obras de teatro el límite humano estética y cognitiva; e incluso moral y espiritualmente. Nadie, filósofo, poeta, dramaturgo o novelista han alcanzado tal perfección y ha dejado constancia de ello por escrito. Una parte de ese universalismo que ha logrado después de cuatrocientos lo hace por medio de la ambigüedad que aún sigue teniendo su figura tanto personal como artística,  nadie sabe a ciencia cierta cómo interpretar sus obras y dan pie a la lectura que cada uno quiera darle. Su impacto visual, sus personajes o los juicios éticos que se producen no tienen parangón en la literatura ni antes ni después.

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Y es que la personalidad y el carácter humano son el rasgo más importante que puede haber en la literatura, y en eso Shakespeare no tiene rival. Su creación lo abarca todo. La omnipresencia de sus personajes está en todos y cada uno de nosotros. Destacan entre todos Hamlet y Falstaff. El príncipe danés con su nihilismo y relativismo ante el futuro, su archiconocido “ser o no ser” nos dice que no hay futuro ni pasado, solo vida y muerte. Falstaff en cambio es todo lo contrario su carisma y “amor” a la vida una versión moderna de lo dionisiaco que se nos muestra así incluso cuando Hal pasa a ser Henry reniega de él y cae en desgracia. Mujeres como Rosalind y su valentía o Porcia y su ingenio. Yago y su capacidad de manipulación o la maldad y ansias de poder de Edmund.

Su imagen y obra tuvo gran repercusión en una época como el romanticismo, que también daba gran importancia a la pasión humana y el individualismo. En esta época por ejemplo es cuando empezó a representarse el final tal y como lo escribió Shakespeare de El Rey Lear, cuyo trágico final con la muerte de Cordelia era demasiado duro para la sociedad de la restauración inglesa y le dio un final más optimista. Como dijo el filósofo alemán Hegel los personajes en Shakespeare son “libres artistas de sí mismos” o según el poeta romántico Shelley “formas más reales que los hombres vivos”.

Pero Shakespeare no nos ha dejado solo carácter y personalidad como herencia. Algunos de los conflictos sociales más importantes del siglo XX como es el colonialismo y sus consecuencias, la liberación que ha traído de la mujer, o las corrientes marxistas en literatura o filosofía. Todo esto se puede ver reflejado en uno de sus romances, obra menor durante mucho tiempo que en cambio es la más polémica y se ha visto sujeta a más interpretaciones desde la Segunda Guerra Mundial, La Tempestad. Figuras como Cáliban, Ariel o Sycorax, que para críticos como Harold Bloom no tienen la mayor importancia, es de vital trascendencia en la obra de autores caribeños, como en Indigo de Marina Wagner.  

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Acerca de jorgevf88

Me gusta el cine, el teatro, la literatura, los deportes, la música desde Abba a ZZtop. Busco la verdad constantemente.

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